Noticias Literarias
la vida de Ana García de Loza entre aulas, atletismo y libros

Ana García Pérez (Loza, Coaña, 1962) fue niña en su pueblo, adolescente en Mieres, joven rebelde en Oviedo y se hizo mayor y sentó la cabeza, aunque sin dejar de soñar, en el Colegio Meres. Allí encontró un sueldo, niños a su cargo y muchos kilómetros por delante, porque tenía una obsesión: el atletismo. Corrió en las pistas de San Gregorio, primero como atleta y después como entrenadora, con mano de hierro en guante de seda y capacidad para moldear campeones. El colegio encauzó su vida, vio pasar a miles de alumnos y le inoculó también el virus de la literatura. Entonces se convirtió en Ana García de Loza, en homenaje al lugar donde nació, apenas vivió pero al que siempre regresó, y así firma sus cuatro novelas y artículos publicados en este diario. «Nací en Loza, me crié en Mieres, entrené y corrí mucho en el CAU, en pleno Oviedo, donde viví feliz 16 años, aunque hace tiempo que estamos en La Fresneda», resume. «Soy ciudadana de Asturias», dice mientras visita con el periódico el colegio. Ahora ha echado el freno de mano, se ha quitado el chándal –aunque se lo vuelve a poner para la foto– porque se jubila y tiene tiempo para escribir y ejercer de abuela. Lo último es un libro sobre la historia del Meres que presentará el 5 de octubre en el Club LA NUEVA ESPAÑA.
De paseo por el colegio es imposible dar más de dos pasos sin que alguien la detenga para saludarla. Nadie pierde la ocasión de conversar con ella, especialmente desde su jubilación, en septiembre de 2025, tras más de cuarenta años como docente. Aunque se deja caer por allí cada tres meses, el centro la echa de menos y ella también. Sus pasiones son la docencia, el atletismo y la literatura, pero la primera es a la que ha dedicado toda su vida. «El colegio es mi vida», afirma.
El Liceo Mierense
Nació en Loza, un pequeño pueblo de Coaña, y aunque solo pasó allí sus primeros tres meses, volvió todos los veranos. «Mis padres fueron emigrantes, de aquella Asturias occidental a Mieres», explica. Fue en el Liceo Mierense donde empezó, a los once años, a practicar atletismo y donde destacó desde el primer momento. Su inquietud despertó tras una visita del mítico nadador asturiano José Vitos al centro. Entonces se enteró de que en el instituto El Batán iban a hacer unas pruebas. «Fui y gané. Después gané la siguiente y la siguiente, y ese mismo año quedé campeona de España».
Empezó a acumular victorias y marcas hasta que a los 15 años la llamaron de Oviedo, del Club Atlético Universitario (CAU). «Llegué en una de sus épocas gloriosas, cuando el club universitario de atletismo masculino militaba en Primera División», recuerda. Su entrenadora fue Yolanda González, también secretaria del Meres toda la vida. En aquella adolescencia aparecieron sus otras dos pasiones: la literatura y la docencia. «En Bachillerato un profesor me preguntó si iba a dedicarme al atletismo o a las letras y, con 17 años, opté por el deporte», señala. Aquella decisión convirtió el entrenamiento en mucho más que un pasatiempo. «Ir a las pistas de San Gregorio y correr en el CAU se convirtió en una obsesión».
La llegada al Colegio Meres
Un día surgió la oportunidad de trabajar como monitora deportiva en el Meres y, dos años después, ya era profesora fija de Educación Física. Antes de incorporarse definitivamente al colegio decidió dejar la competición en activo en uno de los mejores momentos de su carrera. Durante más de una década compaginó las clases y el papel de entrenadora de un grupo de alto rendimiento del CAU. «Aquello fue muy exigente. Salía de casa por la mañana y llegaba por la noche cansadísima. Mi padre me preguntaba: “¿Pero te gusta tu trabajo?”. Y yo le respondía que me encantaba», recuerda.
«El atletismo me permitió conocer mundo, conocer gente y, sobre todo, me permitió entrar en el colegio. El atletismo me dio la vida, porque mi vida es el colegio», explica. Prueba de ello es que nunca dejó de formarse. Cuando llegó al Meres ya era titulada en Magisterio, pero después estudió Pedagogía, cursos de especialización en atletismo, un máster en alto rendimiento deportivo e incluso una suficiencia investigadora para realizar el doctorado. «Al final lo dejé porque me cansé. Ya sabía mucho, pero seguía dando las mismas clases».
Siempre quiso ser maestra, aunque la verdadera vocación apareció cuando empezó «a sentir la suerte que tenía de estar entre niños, jóvenes y deportistas». «Esa gente te imbuye de unas inquietudes, de una salud y de unas ganas de vivir que no te da ninguna otra profesión», sostiene.
En 2013 un compañero del colegio le abrió un blog al que llamó «Para ti, querida Isabel», en honor a su madre. Empezó a contar lo que le pasaba y a reflexionar sobre cuanto despertaba su curiosidad. Años después conoció a una escritora que la animó a publicar con su editorial y así llegó, en 2017, su primer libro, «Amistad perdida», basado en una historia real ambientada en su vida en Mieres. «Siempre escribo para no olvidar. Todos mis libros hablan de la realidad y esconden muchos secretos, porque escribiendo te enteras de muchas cosas. Mismamente, mi último libro es sobre el colegio y se llama “Una historia del Colegio Meres”, porque hay tantas historias que no da para contarlas todas», explica.
Alivio en la escritura
«Mis novelas cierran puertas en mi vida. Cuando escribí “Amistad perdida” cerré la puerta de Mieres, esa angustia que tenía por el apego al lugar donde me crié. Era como si necesitase volver constantemente, pero con el libro dije: hasta aquí», confiesa. Ese vínculo marcó su personalidad y se extendió a otros ámbitos, como el amor, al que dedicó «Los cuatro segundos». «Mi familia no tiene nada que ver con Mieres, solo yo. Hasta bauticé a mi hija allí e intentaba ir por San Juan cuando ya vivíamos en Oviedo», añade. La intensidad de esa conexión solo encuentra alivio en la escritura. «Cuando eres emigrante y estás en un sitio y en otro tienes el corazón tan partido que es un sinvivir. No sabes lo que quieres».
Asumió mal la jubilación. «Amaba mi trabajo y echaba de menos a mis niños. Al final me pasé 41 años aquí. Íbamos de viaje, hicimos el Camino de Santiago, me contaban sus amoríos en el autobús…». Ahora es una «abuela practicante», algo que le ayuda a sobrellevar la ausencia de las aulas, porque «el amor, en todo, es lo fundamental en mi vida». Las mañanas las dedica a su nieto y las tardes, a los libros. «Una compañera me decía: “El día que el niño empiece el cole y tú acabes el libro, estás fastidiada”. Tiene razón, pero algo buscaré».
Su nuevo libro, «Una historia del Colegio Meres», le servirá, como los anteriores, para cerrar una etapa. Quizá la más importante de todas. Ese apego a los lugares y a las personas, esa «dificultad para soltar», refleja a una mujer que, como ella misma dice, «se deja el alma por lo que le apasiona». Seguirá escribiendo porque los libros le permiten ordenar los fragmentos de una vida repartida entre Loza, Mieres, Oviedo y el Colegio Meres.
Suscríbete para seguir leyendo
Source link