Lara escuchó, aún con los ojos cerrados, la voz de Antonio afirmando que, pasada la una de la madrugada, el cirujano torácico que la acababa de operar había entrado en la habitación para decirles que todo había salido bien.
La voz de Inés, su cuñada, diciendo “gracias a Dios” la tranquilizó. La operación había durado seis horas.
Antonio siguió explicando que, tras pasar las primeras veinticuatro horas en reanimación, la acababan de subir a planta. Era una buena noticia después de una larga intervención para extirparle el tumor maligno que tenía en el pulmón izquierdo, junto al corazón. Esas primeras horas serían cruciales.
Lara sintió alivio. Mantuvo los ojos apretados, todavía tenía esa somnolencia que provocaba la anestesia y prefería mantenerlos cerrados. La habitación estaba en penumbra y no se apreciaban ruidos. Probablemente se habían bajado a la cafetería. Agradecía esa tranquilidad después de haber estado escuchando durante la noche los pitidos de las máquinas que medían sus constantes vitales cada segundo en la sala de reanimación del hospital. Ahora por fin, sentía como su cuerpo, poco a poco, había salido de la anestesia y se iba recuperando.
Recordó las últimas dos semanas de infarto. Todo comenzó cuando tras una analítica rutinaria que controlaba su reciente embarazo de pocas semanas, los índices tumorales salieron alterados. En un primer momento el propio facultativo no le dio importancia.
—Puede ser cualquier cosa — le dijo—. Usted es una mujer joven y sana, no tiene de que preocuparse.
Pero ante su insistencia se los repitieron y ahí fue cuando saltaron todas las alarmas, los índices tumorales volvieron a salir disparados.
La siguiente cita con el médico de medicina interna, fue tranquilizadora. También trató de restarle importancia, si bien, aun sabiendo que no era lo mejor para su embarazo, optó por realizar un PEC-TAC que no dejaron lugar a dudas. Había un tumor con alta sospecha de ser maligno y requería derivación a cirugía. En un solo instante, el mundo de Lara quedó paralizado. Todo había sucedido en menos de ocho días.
Palabras nuevas y términos, antes ajenos por completo a su vocabulario, de pronto adquirieron un sentido nuevo; nódulo heterogéneo de bordes espiculados de 23 x 26 mm altamente sospechoso.
Por un instante pensó no hacer nada… ella se encontraba bien. Pero el tumor estaba ahí y no iba a desaparecer solamente con ignorarlo. Así que se planificó la cirugía para extirparlo y la posterior quimioterapia que recibiría. Esa noche no consiguió pegar ojo.
Antonio recibió la noticia mucho peor que ella. Salieron del médico y se fueron a tomar un café. Antonio tenía los ojos vidriosos y Lara trató de animarlo. Ella a él. Pero ninguna de sus bromas surtía efecto. Lara conseguía liberar tensiones con un sentido del humor algo sarcástico que no gustaba a todo el mundo.
Una semana antes de la intervención que iba a cambiar su vida Lara escribió una carta de despedida para Antonio.
—Seguramente no tendré que dártela, pero si ocurriese algo, quiero dejarte por escrito algunas cosas.
Su relación no pasaba por el mejor momento, pero Antonio sintió que debía decirle todo lo que la amaba. Ahora, este nuevo embarazo inesperado era una oportunidad de renovar su amor. Jamás había dejado de amarla, a pesar de que ambos habían estado pensando en separarse varias veces en los últimos cuatro años. Incluso llegaron a hablar con su hijo de trece años, Raúl y plantearle la situación.
—Papa y mamá se quieren mucho. Siempre estaremos contigo. Pero a veces los padres tienen que seguir caminos distintos —explicaron a Raúl.
—Eres tú quien quiere separarse y no papá —Raúl susurró esas palabras cuando Lara fue a darle el beso de buenas noches.
Lara sintió una punzada de dolor en el estómago, pero no dijo nada. A él también le escribiría una carta, por si acaso.
Tuvo tiempo suficiente de reflexionar y analizar su vida hasta ese momento. ¿Había vivido como había querido?
Una vigilia reveladora le dijo que aquel tumor, aquellas células cancerígenas alojadas en el pulmón, pegadas a su corazón, adheridas a él, no estaban ahí por casualidad. ¿Por qué ahí y no en algún otro lugar? Un pecho, un ovario, un riñón, el hígado…. No, tenía que ser ahí, junto a su corazón y su pulmón. Sin duda, eso tenía que ver con su vida y con sus acciones. Con su secreto.
Hay quien piensa que las enfermedades son el reflejo de nuestros pensamientos y sentimientos, de lo que vivimos y hacemos. Lara así lo creía y ahora lo estaba comprobando en su propio cuerpo. Durante mucho tiempo había existido algo que no la dejaba respirar, un secreto que tenía justo ahí, en su corazón y que le oprimía el pecho. Aquello que parecía únicamente mental, espiritual, se acababa de convertir en algo físico y real. Entendió que para que todo fuese bien debía liberar primero ese peso, quitarse esa presión que no le permitía respirar.
Dos años habían pasado desde que Enrique entró de nuevo en la vida de Lara. Lo hizo justo en el momento adecuado, cuando Antonio y ella estaban peor, en su momento más bajo, de mayor hartazgo y hastío. Los días para Lara pasaban tristes, vacíos y sin esperanza. Su única alegría era su hijo Raúl, pero él tampoco pasaba su mejor año. Estaba suspendiendo casi todas las asignaturas y la vida familiar se había convertido en un continuo reproche.
Y entonces llegó él, Juan. Antiguo compañero de trabajo. Apareció con sus bromas, con su risa, con su alegría y con todos los recuerdos de buenos momentos, de buenas sensaciones vividas. Era la felicidad recuperada. Tras una comida con antiguos compañeros retomaron la relación que habían tenido durante un mes cuatro años atrás. De un día para otro todo el mundo de Lara cambió y encontró una razón para volver a sonreír, a brillar y ser feliz.
Poco a poco lo que comenzó siendo una aventura se convirtió en un amor lleno de pasión, de primeras veces, de emociones y sonrisas e incluso carcajadas. Tejiendo recuerdos durante dos años habían conseguido tener un pasado inmediato y un futuro prometedor y, en cierta forma, eso había ayudado a destensar la situación en su propia casa. Lara, radiante, disfrutando nuevamente de la vida, contagiaba esa felicidad en su relación con Antonio, quien volvió a ver a una Lara feliz, de la que era fácil volverse a enamorar. Incluso Raúl sintió que sus padres recuperaban esa buena relación y que la familia volvía a tener armonía.
Con Juan buscaba huecos, tardes, mediodías, desayunos furtivos, viajes de trabajo con pequeñas escapadas y encuentros que les permitiesen estar unas pocas horas juntos. Esos momentos hicieron que se descubrieran el uno al otro.
Lara volvió a escribir, a dibujar y crear y Juan sintió que jamás había amado como la amaba a ella. Se convirtió en su inspiración, en su razón de ser y encontró el sentido que le faltaba a su vida.
Jamás le pediría nada ni la presionaría o exigiría que cambiase su situación. Simplemente soñaba con poder seguir viéndola, poder seguir tejiendo momentos mágicos, inspiradores y creativos con ella.
Juan sabía que Lara no quería separarse ni romper su familia y él lo respetaba. Todos parecían estar mejor. Todos menos Lara que no soportaba vivir en una mentira constante.
Por eso ahora, tumbada en la cama del hospital y recordando las últimas dos semanas, sabía que cuando recibió la noticia del diagnóstico definitivo y pasó esa noche en vela lo tuvo claro. “Tengo que decírselo. No puedo engañar por más tiempo a Antonio. A pesar de que probablemente después de la operación le necesite mucho más que nunca, no puedo hacerle esto. Debo explicárselo y que sea libre para decidir si permanecer a mi lado o no. Es posible que me deje, que me reproche, o que me diga que me vaya…. Tal vez no quiera volver a verme jamás. Pero yo no puedo ser una carga para él y mantener mi secreto. No es justo. La presión del pecho es ya insoportable. Mi necesidad de contárselo se ha vuelto tan enorme que es una carga que ya no me deja vivir”
Al día siguiente le dijo a Antonio
—Tenemos que hablar.
—¿Me vas a decir que es lo que no te deja dormir? Anoche no pegaste ojo.
—Tu tampoco entonces.
—Yo tampoco Lara. Te quiero con todas mis fuerzas y lo que te pasa a ti es como si me ocurriera a mí. Ojalá pudiera entrar al quirófano por ti. Me cambiaría ahora mismo. Pero no puedo, mi vida. Solo puedo tratar de acompañarte y estar a tu lado.
Lara no sabía por dónde empezar. Antonio era sin duda, la persona que mejor la conocía, con la que había pasado, casi treinta años juntos, y ella estaba a punto de destrozarle el corazón.
—Tengo algo que confesarte —dijo Lara.
—¿Hay alguien más en tu vida, ¿verdad? —Antonio se lo estaba poniendo fácil.
—Antonio yo… no pensé que tu ¿lo sabes?
—Tenía mis sospechas. No tenía certeza, pero ahora, viendo tu cara…
Le explicó todo. Le contó de qué manera había entrado Juan en su vida y en su corazón. Que no podía evitar amarlo, que no era capaz de ponerle punto final y que ahora, con la noticia de su tumor, todo se había complicado porque Juan estaba tan preocupado como él. Estaba muerto de miedo. Fue todo lo sincera que pudo.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Lara a un Antonio que la miraba con una sonrisa—. Perdóname por favor. Nunca quise hacerte daño. No éramos felices. No conseguíamos serlo a pesar de nuestros intentos.
—Lara, te amo tanto, mi amor por ti es tan grande que debo decirte que lo entiendo. Si yo no fui capaz de hacerte feliz, si no fui capaz de ver tu llanto, tu tristeza, asumo mi culpa. Tú que siempre te has comido la vida, que la has exprimido al máximo. Siento haber sido incapaz darte el amor que mereces, solo me queda agradecer que haya habido alguien que sí lo ha hecho.
—Soy yo la que no te ha hecho feliz a ti y te he fallado.
—Te equivocas Lara. Tú lo has intentado. He estado ciego. Ahora lo sé. Ahora que tenemos que afrontar juntos tu operación tal vez, en estos momentos tan difíciles nos necesites a los dos por igual. Si tú me lo permites, yo quiero amarte, cuidarte, velaré por ti todo el tiempo. Si tú quieres, podemos ser felices…. No me importa.
—¿Qué quieres decir? —Lara no entendía. No solo no se había enfadado con ella, sino que aun quería demostrarle su amor. Un amor infinito.
—Te quiero decir que, si realmente le amas y él te ama a ti, no me importa que también te acompañe en este camino que será duro. Pero déjame seguir a tu lado durante este proceso. Déjame cuidarte y curar tus heridas. Estaré a tu lado y te atenderé si tú me lo permites.
Lara rompió a llorar.
—Hay algo más. El hijo que espero… que esperábamos podría ser de él, no estoy del todo segura.
—Ahora eso no importa Lara. Tendrás que abortar. El médico ya dijo que no soportaría el tratamiento de quimioterapia y que tu vida estaba en juego —Lara cerró los ojos y asintió.
—Juan lo deseaba, pensaba que así tendríamos un futuro juntos. Es curioso cómo cambia la vida en un segundo. ¿De qué serviría ir atrás y comenzar de nuevo?
Cuando por fin llegó el día de la operación había dejado todo en orden e incluyó una última voluntad que obligaría a Juan y a Antonio a conocerse, quedar y esparcir sus cenizas en un lugar especial.
—Nada de lo que hayas escrito va a ocurrir. Te curarás y tendrás que romper esas cartas —Antonio no salía de su asombro.
Cuando entregó su carta a Juan, se le llenaron lo ojos de lágrimas, mientras la guardaba en el bolsillo y se giraba para que Lara no se diera cuenta.
—Te amo tanto —Lara lo besó despacio— Os amo a los dos. Esta situación me ha enseñado que el amor no hace distinción.
La habitación del hospital tenía un aroma distinto. Los sentidos de Lara comenzaron a despertar. Ya no estaba en penumbra, todo era de un níveo inmaculado. Se dio cuenta que estaba mirando al techo y que lo tenía muy cerca de su cara. Pudo reconocer la voz de Antonio que hablaba con alguien. No lograba entender sus palabras, a pesar de que se escuchaban perfectamente. También distinguió las voces de otras personas y le pareció reconocer a Raúl, que comenzó a llorar. Finalmente, escuchó con total claridad la voz de Juan.
Su cuerpo se resistía a moverse. Quería girar la cabeza, mirar hacia abajo porque solo podía ver el techo desde esa posición. De repente su mente, no su cuerpo, se giró ciento ochenta grados y se vio suspendida en el aire y ahora sí, veía la habitación por completo. La ventana, ahora abierta, recibía los rayos de sol. Varias personas se encontraban alrededor de su cama, donde antes estaba ella misma tumbada. La diferencia es que ahora Lara se encontraba justo detrás de todos ellos, mirando la escena como quien observa un cuadro.
Sus sentidos continuaron despertando. Ahora podía ver con claridad y empezaba a escuchar. Las sombras se convirtieron en personas y los sonidos en palabras.
—Ha sido repentino —escuchó decir a la figura de Antonio que se abrazaba a su hijo Raúl.
“Antonio, estoy aquí” quiso decir Lara, pero las palabras no salieron de su boca, sino que resonaban únicamente en su cabeza. Reconoció la espalda de Amanda, su hermana y a Juan que, con la mano en la cara, se secaba con un pañuelo las lágrimas que parecían rodar por sus mejillas.
De pronto lo entendió todo. Sus piernas no le respondieron, pero su mente de nuevo avanzó hasta colocarse delante de los pies de la cama y ahí pudo ver su propio cuerpo, tumbado boca arriba, con un gesto sereno y dulce. Estaba plácidamente dormida.
—Al final Juan, tendremos que hacer ese viaje juntos tal y como nos pidió Lara.
Escuchó una última frase antes de desaparecer de la habitación pues su mente tiraba de ella hacia arriba, hacia fuera y en todas direcciones a la vez, sin dejarla agarrarse a nadie ni a nada más en este mundo.
—Esparciremos sus cenizas juntos, por su descanso eterno y por el amor infinito que le tuvimos los dos —así lo haremos— aseguró Juan secándose de nuevo las lágrimas.