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El lugar del gesto
En algún momento del domingo 27 de agosto de 1950, en la habitación número 346 del Hotel Roma, situado en el 60 de la Piazza Carlo Felice, en la ciudad de Turín, Cesare Pavese se quitó la vida. El conserje que encontraría su cadáver a las ocho y media de la tarde de ese mismo día, tumbado en la cama sin zapatos ni chaqueta, descubriría en la estancia doce cajas de somníferos, siete paquetes vacíos de tabaco y un ejemplar de «Diálogos con Leucó», en cuya primera página, con su primorosa caligrafía, Pavese había escrito sus últimas palabras: «Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿De acuerdo? No chismorreéis mucho».
De modo que este es el lugar del gesto, el que se anticipa en la celebérrima entrada que clausura «El oficio de vivir», el diario de Pavese, redactada nueve días antes del suicidio: «Todo esto da asco. Palabras no. Un gesto. No escribiré más». Ese gesto que cancela la vida del hombre angustiado, inseguro e incierto, desde joven al borde del precipicio, e instala a ese hombre, acaso para su más íntima sorpresa, en el mármol del tiempo, sancionándolo como un gigante de las letras y provocando en nosotros, sus lectores de entonces y de ahora, ese raro estremecimiento, entre el desamparo y la aceptación, que todo acto sin retorno genera. Porque sabemos que vivir es imposible, y sin embargo… Y sin embargo el misterio Pavese continúa resonando setenta y cinco años después de la muerte del escritor. Pierre Adrian, autor francés, acepta ese misterio y lo hace suyo en «Hotel Roma», un libro formidable, escrito con soberbia serenidad, digno heredero, hasta cierto punto, de esa prosa pavesiana que, con palabras de todos los días (el verano, el camino, la luna, las colinas, las mujeres), levantó el enigma de una música sin parangón en la literatura contemporánea italiana, y que se transita aún hoy como uno de los grandes itinerarios de la literatura europea de la primera mitad del pasado siglo.
Hotel Roma es un libro de justificación y descubrimiento, un texto que busca explicar una vocación y constatar las razones de un enamoramiento, un documento de vida con un pie en el mito y otro en la autobiografía. Los escritores que marcan nuestra juventud (y Adrian, nacido en 1991, asume que Pavese ha sido uno de los hitos de su anábasis) nos acompañan de un modo innegociable, que la edad no agota. Así, un escritor joven sigue los últimos meses de vida de un escritor consagrado y, al hacerlo, reconstruye sus itinerarios. En efecto, todo nos es devuelto: Turín vista desde Superga, el destierro en Calabria, el trabajo en Einaudi, las caminatas por el Po, la vuelta a las Langhe, los desastres amorosos, la aversión al mar, Villa Mario en Serralunga, la placa en el cementerio de Santo Stefano Belbo, la concesión del Strega a «El bello verano» a las puertas mismas del gesto. En definitiva, las rutas en los mapas del desconcierto, las omisiones del corazón y el escrutinio formidable de quien se observó sin contemplaciones: «¿Te sorprende que los demás pasen por tu lado y no sepan nada, cuando tú pasas al lado de tanta gente y no sabes, no te interesa, cuál es su dolor, su cáncer secreto?».
Pavese fue un hombre infeliz que escribió libros exultantes, un hombre instalado en una provincia de dolor permanente cuya literatura, sin embargo, provoca un temblor sincero: el del retorno al hogar, el de la luz primordial, el del beso que supone un parteaguas: «Los libros desesperados», escribe Adrian, «no tienen por qué ponernos tristes. Thomas Mann dijo incluso que los libros escritos contra la vida nos tientan a vivir. Pavese no celebró ni la soledad ni la desesperación. Las soportó sin complacencia. Y así como nunca sabemos el dolor que sufre el ciclista que sube una montaña, en realidad tampoco se comparten las desgracias de los que escriben. Por eso los que sufren acaban solos: el dolor es un sentimiento que podemos leer, pero que no queremos compartir». Incluso así, nos queda (a este lector le queda) una duda, un momento para la vacilación. ¿Pudo haberse salvado Pavese de sí mismo, de su tristeza, de su fatalismo, de su lacerante sensación de fracaso?
Una anécdota del libro nos regala ese estremecimiento de la duda. La noche anterior a su muerte, el sábado 26 de agosto, Pavese se acercó al 5 bis de la Avenida Re Umberto, muy cerca del hotel donde se mataría. Era la sede de Einaudi, la editorial que lo significaba todo para él. A las puertas de volar todos los puentes, Pavese, pues, «fue hacia el prójimo en plena noche». Llegado a Einaudi preguntó por su editor, Giulio, y por el segundo Giulio de la casa, Bollati, pero ambos estaban de vacaciones. Un tal Ettore Lazzarotto fue el testigo de aquella visita intempestiva de quien, en realidad, era su jefe inmediato. Y lo que el jefe, Pavese, tras la respuesta de su subordinado, Lazzarotto, hizo, fue dirigirse a una gran pizarra que había en la editorial y escribir en ella una sola palabra: MERDA. Esa palabra, asegura la leyenda, tardó semanas en ser borrada, como si eliminar ese exabrupto fuera robarle definitivamente a Pavese las razones de su huida, los motivos para una decisión inexorable.
Una coda a tan hermoso libro. El viajero que visite hoy Turín, la más cartesiana de las ciudades de Italia, puede acercarse al lugar del gesto, llamado ahora Hotel Roma e Rocca Cavour. La habitación 346 se puede visitar si en ella no se hospeda nadie. En su interior han cambiado muchas cosas desde agosto del 50, pero sigue existiendo el teléfono de baquelita negra que colgaba a la derecha de la cama en la que el escritor entregó su llama. Uno contempla el aparato con algo parecido a la atrición. Y se pregunta si (quizá, sólo quizá) no contendrá todavía, en su interior, las últimas palabras de socorro de quien concibió «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos».

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Hotel Roma
Pierre Adrian
Traducción de Juan Manuel Salmerón Arjona
Tusquets, 208 páginas, 19 euros
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