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Marina Arrabal desciende a los infiernos de la mente en una primera novela fascinante

Enfermera de turno de noche en un psiquiátrico en el que dirige además un taller de escritura y un grupo de pensamiento, Marina Arrabal (Alcázar de San Juan, 1988) debuta en la novela con Dulcenombre.

Porta de 'Dulcenombre'.

Dulcenombre

Marina Arrabal

Blackie Books, 2026. 240 páginas, 14 €

Se trata de un relato profundamente desasosegante en el que la autora parece haber hecho suyas las palabras de Kafka sobre la escritura: “Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”.

Incómoda, en ocasiones hasta desagradable, Dulcenombre narra la historia de la octava hija de un matrimonio obsesionado por el pecado y por la religión, que piensa (o eso le cuenta a su madre tras probarse la mortaja materna) que es hija de la Virgen María y de una paloma y que cree que “algún día Dios se fijará en mí”.

La novela arranca con Dulcenombre y su madre velando a un vecino moribundo. Es su forma de ganarse la vida, así que cuando el enfermo fallece son despedidas y deben buscar otro para subsistir.

Cuando la que muera sea la madre, Dulcenombre pierde (o no) el poco juicio que le quedaba, por lo que su hermana mayor, Luzdivina, la lleva a una psiquiatra que le pide que grabe sus recuerdos.

Alternando la primera persona (en las grabaciones) y la tercera, la novela da numerosos saltos en el tiempo, de la infancia en una familia disfuncional a la universidad, completando una suerte de puzle de final abierto en el que no falta un ingreso en un psiquiátrico bastante siniestro, en el que comparte habitación con una anoréxica.

Entre reliquias y estigmas, la protagonista se desliza en una suerte de peregrinación a los infiernos de la mente (o a los cielos, según se vea) mientras el lector devora las páginas de este libro entre la fascinación y el horror.


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