Noticias Literarias
un críptico enigma que reivindica los libros difíciles
Hace apenas unos días, Juan José Millás habló en un programa de radio sobre los libros difíciles y celebró su necesidad. Al escucharlo, pensé en la última publicación de Eduardo Ruiz Sosa (Culiacán, México, 1983), El paisaje es un grito. El texto, críptico en exceso, se ajusta a la caracterización que hizo Millás y se dispone, además, como un aullido contra casi todo.

Portada de ‘ El paisaje es un grito’,
El paisaje es un grito
Eduardo Ruiz Sosa
Candaya, 2026. 396 páginas. 21 €
En él no solo el paisaje es un grito, como reza su título; también lo son las situaciones que cuenta, sus numerosos protagonistas y cualquier espacio aludido; incluso las licencias que se toma el autor, como la mezcla de prosa y verso, la falta de voluntad narrativa de muchos pasajes o, en el ámbito de la intencionalidad, su crítica contra los poderosos de cualquier índole y condición.
El argumento –ramificado, fragmentario, complejo– esquiva el orden natural y se configura como una sucesión de situaciones dolorosas. Al principio aparece un grupo de individuos que han sido deportados. Uno de ellos, el Baldor, que desde hace algún tiempo vive en el Otro Lado, ha sido arrojado a una especie de limbo por un problema aparentemente banal.
El Baldor tiene que regresar a su lugar de origen y, para ello, se ve obligado a atravesar paisajes yermos entre los que destaca un desierto que es pura desolación. Lo hace al lado de tres compañeros: la Caticha, el Lombardo y el Genízaro, que morirá durante el viaje.
Más adelante, los cuatro se pierden en un dédalo de lugares, pueblos y ciudades, muchas de las cuales están vacías y tienen nombres extranjeros como Belfast, Praga y, sobre todo, París. También aparecen poblaciones mexicanas –Tijuana, Durango, Oaxaca o Sinaloa– y espacios simbólicos como el Origen, el Otro Lado, la Línea o el Presidio, escenarios que revelan el doble carácter –local y universal– del relato.
A lo largo de su dificultoso periplo, los personajes tienen que luchar para no dejarse abatir por el desarraigo, el desamparo y la tristeza porque la realidad es que están abandonados en tierra de nadie. Asimismo, muchos de ellos carecen de identidad. Son hombres y mujeres que huyen tanto del pasado, del presente y del futuro –la mezcla de tiempos es paradigmática en el texto– como de sí mismos.
Al margen de sus evidentes valores simbólicos, la novela adolece de faltas que son origen de confusión
En El paisaje es un grito se tratan infinitos temas, pero, entre ellos, la muerte ocupa un lugar destacado. Además de las constantes referencias a la defunción del Genízaro y a su cadáver en tránsito por el desierto, uno de los espacios más reveladores es el cementerio que, conceptualmente, alberga la posibilidad de absorber cualquier otro ámbito, por ejemplo una ciudad o el corazón de un hombre. A su lado, la familia es otro motivo omnipresente.
El padre y la madre se revelan como centro neurálgico de afectos y odios, aunque también se incluye a otros parientes. El narcotráfico, los vertidos de las minas, la desertización, los cuerpos abandonados en fosas, el poder de unos pocos, el deseo de ser otro, la inmigración o la falta de arraigo son obsesiones de Ruiz Sosa.
Al margen de sus evidentes valores simbólicos, la novela adolece de faltas que son origen de confusión. Solo el autor conoce las claves interpretativas y solo se escucha una voz –la suya– a pesar de la aparente variedad estilística.
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